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viernes, 14 de agosto de 2009

Bruma

Bajo las gotas de lluvia perpetua, transcurre esa serpiente de agua marrón que atraviesa de lado a lado la ciudad, salpicada de viajeros, grandes y pequeños, nuevos y cotidianos.

Los puentes de ladrillo y gris hormigon diurno, se dejan invadir por las amarillentas luces nocturnas; entre sus restos y sus templos, sus mestizos, sus barrios y sus vicios surge la marea de gente y vanguardia.

Con su pop, su indie, su mod, sus tribus, sus pubs, su rancia modernidad perpetua. Con su clásica vanguardia, con su moda retro, con sus continuas contradicciones, con esa bruma constante hecha de exitos y decepciones, de incendios y reconstrucciones, de personas, sentimientos y movimientos.

Definitivamente, tengo que volver.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Marmol, Ladrillo, Piedra, Agua

Columnas de Mármol, fuertes, duraderas. Sólo algunas pequeñas grietas son perceptibles si uno se acerca mucho y contempla las huellas del paso de los años, de los siglos. Te reciben mientras entras en sus templos, mientras contemplas la belleza siempre joven de los cuerpos fríos, estáticos y blancos que te hablan sin moverse. Las cruzas para admirar el cielo coloreado de rojo y amarillo, de fuego y oro y plata y sentimiento. Te escoltan mientras avanzas por los grandes corredores del mundo dibujado en paredes de escayola. Protegen los blancos jirones de tela que algún genio transformó en colorido lienzo.

Fontana de Trevi, romaEscaleras de ladrillo. te acompañan mientras conquistas impresionantes cúpulas que te llevan desde el más profundo infierno al cielo de los hombres. Son el camino que te guía a un nuevo espectáculo de fieras y esclavos. Suben y bajan entre ruinas que recuerdan la grandeza de lo que fue y terminó, de lo que se recordará siempre. Giran sobre si mismas para llegar al siguiente nivel, para inundar tu mente de sensaciones, de recuerdos, de sentimientos, de belleza hasta dejarte casi sin hueco, sin aire.

Obeliscos y arcos de piedra, viejos testigos de victorias. Observadores de la belleza de sus anchas plazas, de sus columnas, de sus escalinatas, de sus fuentes. De la borágine del día a día de los propios y ajenos, aquellos que perdieron la perspectiva de lo que les rodea de tanto verlo cada día.

La fuente al atardecer. Azul, amarilla, verde. Tan impresionante y cercana al mismo tiempo. Sentado junto a ella vuelve el sosiego, la tranquilidad. Recuperas el aliento mientras escuchas el fluir del agua y de las voces que la rodean. Ordenas lo visto y lo sentido mientras admiras a neptuno domando las aguas. Lanzas tu moneda deseando poder volver a contemplar esas aguas con la misma ilusión, con la misma compañía dentro de muchos años.

Vieja

Vieja. Con el peso inevitable de los años. Llena de recuerdos, de viejos lugares. De sucias paredes que muestran la mugre del tiempo, el paso de los años. Que esconden la majestuosidad de las paredes verdes y blancas, la redondez de las cúpulas turquesa, la belleza de los retablos dorados y luminosos encerrados tras gigantes y vetustas puertas de madera cubiertas por la pátina del tiempo.

Llena. Repleta de blanca piedra que esculpe a grandes heroes que vencieron gigantes, a reyes y musas, a emperadores y amadas. Rebosante de pintura y óleo, de pan de oro, de madera y lienzo que transportan la mente hasta las páginas de ese antiguo y aburrido libro.


Y ese puente. Lo esperabas bello pero es viejo. Viejo y desastrado. Amarillo y familiar, como si ya hubieras estado allí, lleno de recuerdos propios y ajenos. Que te aboca a contemplarlo hasta comprender que su imagen es inborrable. Tan viejo y tan distinto que al final se convierte en bello.

La Ciudad De Los Puentes

Puente Rialto, Venezia
No son los canales, son los puentes.

Puentes que te llevan a rincones oscuros que apuntan hacia angostos callejones que conducen a giros imposibles que desembocan en pequeñas plazas que se bifurcan en hermosos pasadizos.

Pasadizos que se dirigen a suaves ensanches que se jalonan de secretas puertas que ocultan hermosos jardines que bordean pequeños canales que confluyen en grandes plazas que te muestran nuevos y majestuosos puentes.

Basílica de San Marcos
El tiempo se contrae y se dilata como las paredes que te rodean y te envuelven. Avanza deprisa por los pequeños adoquines y se detiene para dejarte ver las magníficas fachadas de sus iglesias y sus plazas.

Juguetea entre las columnas de los soportales de la Plaza de San Marcos mientras escucha las alegres sinfonías de los cuartetos de cuerda de las prohibitivas terrazas, para detenerse a deleitarse frente a los vivos colores de las cupulas y los arcos de la Basílica.

Vuelve atrás para discurrir a través de la Via del Fabbri y encontrar el gran canal que le conduce girando a destra hasta el puente, el gran puente de Rialto.