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jueves, 17 de diciembre de 2009

Recuerdos

Aún recuerdo esa tarde en el Café del Real, con mi mano sobre tu rodilla como quien se aferra por primera vez a lo que sabe que será lo más importante de su vida.

Y aquella vez, caminando bajo el cielo gris pálido de Naugarder Strasse, ateridos de frío, en busca de aquel pequeño apartamento, mientras pensaba en el camino recorrido y en el incontrolable deseo de seguir andándolo junto a ti.

Sigo sintiendo, como si fuera ayer, la fuerza del mar y las olas golpeando, acelerando mi corazón y mis sentidos en ese acantilado de Ubiarco que compartiste conmigo.

No olvido la lluvia chorreando por toda mi ropa mientras te contemplaba, también empapada, en la vorágine de una lluviosa noche de verano en Upper Berkeley Street, sintiendo casi por telepatía tu ilusión, esa hambre de nuevas experiencias que te movía a toda velocidad a través de la calle.

A veces te sueño otra vez en aquella silla de mimbre, junto a esa cabaña en la playa de Punta Umbría, disfrutando de la vida que sabía que quería compartir contigo.

Parece que fue ayer cuando caminábamos de la mano, exhaustos tras un día de calles estrechas y oscuros y preciosos canales por la calle Frezzaria camino del arco de la Biennale, y yo fantaseaba con volver algún día y sentarme junto a ti en esa pequeña cafetería de la esquina a recordar ese momento.

Si cierro los ojos, todavía puedo verte tumbada junto a mí en una playa de agua cristalina en la bahía de Porto Conte, pensando en que la vida debería ser siempre así.

Y de recuerdo en recuerdo, de momento en momento, ya hace 2 años que la vida me sonríe, que mi mundo ya no es sólo mío, que nada importa hasta que te lo cuento.

Una y otra vez, Gracias. Una y mil veces más, te quiero.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Vuelta

Por fin es viernes.

Dejo el coche aparcado junto a esa dichosa línea azul. Salgo y camino cansado bajo los perpetuos andamios oxidados que cubren las paredes de la acera de los impares de la calle Palencia. Con esa polvorienta y ajada tela marrón y verde, como un manto de hojas caídas empujadas por el viento en la vertical de un decrépito edificio de 7 plantas.

Acelero el paso bajo los postes metálicos que apuntalan la estructura, mientras siento el suave cosquilleo del viento frio de septiembre en la nuca. A través de los edificios del otro lado de la calle, se divisa un cielo de un gris mortecino, apenas cálido, más bien templado y melancólico.

Mientras doblo la esquina, siento el calor asfixiante de los ventiladores de la ensordecedora máquina de aire acondicionado de la tienda de la esquina. Vuelven a mi mente las imágenes del último septiembre: casa y sofá, café y abrazos, besos y tardes al calor de una vieja manta compartida.

Me encanta el otoño junto a ella.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Temperatura constante


Hace calor. Es una temperatura constante, confortable.

A veces sube, crece repentinamente a mi alrededor hasta hacerme sudar deseo, pedir a gritos un fresco aliento besando mis labios.

Otras veces se mantiene en el agradable intervalo que hace que uno se sienta en casa, que te permite llamar hogar al lugar donde te encuentres.

Pero nunca baja, no se apaga, no necesita descanso. Es una fuente de calor tan constante, tan directa, tan amarilla y redonda que alumbra mi vida tanto como el Sol.

Ojalá nunca se me apague esa estrella.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Foco de Calor

Antes el frío me rodeaba. Las mañanas eran una bocanada gélida de vaho somnoliento saliendo de mi garganta. Las pequeñas moléculas de agua fria formaban una densa nube de soledad junto a mi boca, lo suficientemente pequeña como para pasar desapercibida a los demás, pero pesada y profunda ante mis ojos. El lento latir de mi respiración se convertía en pequeñas punzadas de melancolía en mi corazón que tiritaba helado de nostalgia.

Ahora las cosas han cambiado, ya no hay vaho. Mis mañanas se entibian sólo con girarme. Ese vapor de agua glacial se caliente y se sublima en segundos. A la vuelta, a pocos centímetros, hay un nuevo foco de calor, otro aliento, cómodo y cálido, respira y habla hacia mi. Me dice con ternura: Buenos días, ¿que tal has dormido?

El otoño se convierte en un verano de mañanas a su lado.