martes, 21 de abril de 2009

Hoy, ayer, mañana

Hoy duele. Duele y agobia la falta de entendimiento.

Duele el recuerdo de ayer. Desespera encontrar, donde uno esperaba un menú elaborado y feliz de cariño y entendimiento, un refrito rápido y descuidado de reproches, prisas e impaciencia. Machaca el ánimo que te reciba la molestia , que la puerta que conduce al hogar tras el duro día se tiña de rencor y mal carácter compartido.

Pero lo que más daño hace es mañana. Desanima la sensación de bomba a punto de estallar, el miedo a la impaciencia, al desconcierto, al abandono.

Bastaría una mirada sencilla, de entendimiento sin palabras, una de esas miradas de complicidad que tantas veces disfrutamos. Un beso y un abrazo, los que tantas veces bajo estas líneas he pedido, he agradecido y he adorado.

Pido sólo eso. Pido todo eso.

martes, 3 de febrero de 2009

Saltos

Saltos en el tiempo. De tu ayer a mí, de mi ahora a ti.

Adelanto y retrocedo mi mente sobre el universo que defines en mi vida. Vivo lo que fue y lo que vendrá contigo. Y mi corazón es el mismo. Sigue latiendo en mis entrañas que se estiran y se comprimen con los golpes que la vida me asesta en el camino.

A veces duele, como un infarto de pánico al fracaso, recordando viejas heridas que cicatrizaron.

Otras veces palpita a toda velocidad, corriendo hacia adelante, soñando con latir acompasado con el tuyo hasta donde alcanza la vista.

Se hincha o envejece; encoje o rejuvenece. Pero tú sigues ahí. Y lo que siento por ti sigue creciendo.

miércoles, 14 de enero de 2009

Hogar, familia

Llego a casa del trabajo. De camino paso por el mercado, con una sola idea en la mente. Corto, pelo, frio y emplato el menú de besos y abrazos que te reciba.

Suena el timbre. El camino a la puerta es un momento perfecto. Me acerco sabiendo que detrás estás tú, todavía algo aterida por el frio de la ciudad. Abro con la certeza de que me espera tu sonrisa pronunciando un saludo y un beso y un abrazo.

En ese momento recorren mi mente las bromas, las peleas por el mando, mi cabeza en tu regazo, tu espalda contra mi pecho bajo de una manta dormitando la programación vespertina.

Y entonces dos palabras vienen a mi mente: Hogar, familia.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Los que vendrán

Mi corazón es una herida abierta. Una fisura constante que no deja de sangrar deseo, más y más amor que brota por los cortes que tu presencia ha creado, que me parte en dos como un puñal afilado.

Todo se desdibuja, se difumina a mi alrededor, se oscurece para resaltarte. La nitidez de tus formas y mis sentimientos contrasta con todo lo demás. Entonces no hay nada más. La niebla más densa nos protege del resto del mundo y sólo quedamos tú, yo y ese terrible e inmenso espacio de centímetros que nos separa.

Y lo demás, no importa. Siento unas irrefrenables ganas de aferrar, de morder, de apretar contra mí los signos del amor y la pasión que aparecen en tu cara. Que siempre están ahí, ocultos tras la indefensión de tu mirada triste y coqueta a la vez, tras la vulnerabilidad de las formas pequeñas y perfectas de tu cuerpo.

Así recorro en un interminable segundo ese abismo de inseguridad y miedo que me aleja de ti y me atrevo otra vez a besarte, a abrazarte, a quitarte de nuevo mi vida que de tan buena gana deje que me hurtaras del bolsillo anoche, mientras dormía junto a ti, como cada noche, como esta noche.

Hace ya un año. Y los que vendrán.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Diciembre

Frio y conciertos en los bares.

Lluvia y recuerdos del principio de una vida.

Viento y viejos amigos con nuevos retos.

Días fugazes y tardes oscuras al calor de tu regazo.

Nieve y sofá y domingos en tus brazos.

Ganas de ti.

martes, 25 de noviembre de 2008

La Misma Piedra

He vuelto a tropezar en ese maldito bache que pensaba que había borrado de mi camino. Y el golpe ha sido doloroso y humillante. Han dolido los celos y los reproches como pequeños granos de arena que se clavan en la fina capa de carne de la rodilla a través de una herida aun sin cicatrizar y desgarran la piel casi hasta el hueso.

Pero sobretodo duele, humilla la sorpresa, el desconcierto. La decepción de la recaída, la repentina conciencia del error de haber creído que el bache estaba arreglado, que nunca reaparecería. Esa certeza que te golpea como un martillo contra el pecho, que te para el corazón de repente.

Necesito arreglarlo para seguir adelante.